Y no porque el camino haya sido fácil, sino justamente porque no lo fue.
Para llegar a ese día hubo que atravesar controles, estudios, consultas, pinchazos, esperas interminables, diagnósticos que sacuden el alma, cirugías, drenajes, tomografías, resonancias, análisis, y esos 6 ciclos de quimioterapia que te cambian el cuerpo… y también el corazón.

En los hospitales existe una tradición hermosa: la campana de la quimio, la campana de la esperanza. Cuando un paciente termina el tratamiento, la toca tres veces.
No es solo un sonido: es un grito de vida.
Es decir “lo logré”.
Es abrazar a quien fuiste, con tus miedos y tus fuerzas, y despedirte de ese tramo tan duro del camino.

Solo quienes lo vivimos sabemos lo que significa: superar el temblor del primer día, sostenerse en los días de dolor, respirar hondo en los días de miedo, y volver a levantarse aún cuando el cuerpo pedía pausa. Cada estudio, cada control, cada sesión fue parte de una batalla silenciosa que se libró con coraje, lágrimas, amor y una fe que a veces se tambaleó… pero nunca se apagó.

Por eso la última quimio se celebra.
Porque marca el final de una lucha inmensa.
Porque encierra un renacimiento: una vida nueva que empieza a florecer.
Porque después de tocar esa campana, una parte nuestra vuelve a respirar distinto, más profundo, más agradecido, más vivo.

Al terminar el tratamiento ya no somos los mismos. Somos más fuertes, más conscientes, más valientes.

Y por eso se festeja:
porque sobrevivimos,
porque renacimos,
porque la esperanza volvió a abrirse camino.

Soy Rosana Ramírez Lic. En Psicopedagogía, Fundadora de Crear y Aprender compartiendo mi experiencia en el proceso de esta enfermedad para que te sientas acompañado y renueves la esperanza.